La templanza es el dato más estable que tenemos de una persona. Situaciones adversas o dichosas, infortunadas o gloriosas modifican los estados de ánimo de forma continua, pero sólo los hombres de gran temple logran mantenerse equilibrados.
Las elecciones primarias en La Costa pusieron a prueba la mesura de los candidatos locales. Algunos, eufóricos durante una breve pero intensa campaña, parecen haberse sumido en las oscuras depresiones. Dejaron a sus cercanos colaboradores y lejanos seguidores sin horizonte, perdidos, solos. Y es ahora de ellos, de los compañeros de rumbo, la tarea de sacar a su líder del pozo profundo.
Ejemplos de situaciones adversas en el ejercicio del poder abundan. En 2009, cuando el oficialismo local sufrió un revés en las urnas, el intendente paró la pelota, calmó la tropa, serenó la mirada y fijó la vista en el horizonte de la comunidad, lejos de las tempestades recientes pero cerca de su gente. Que la reconstrucción después de la bofetada electoral fue efectiva se hizo ostensible inmediatamente después de conocidos los resultados de las últimas primarias.
Tal vez por inmadurez política, el opositor que más posibilidades tenía para las elecciones generales de octubre fue presa de sus inoportunas pasiones. Fue en él, más que en ningún otro político vernáculo, en quien se hizo más evidente el dicho “en política, el que sucumbe a sus emociones pierde”. Al correr en busca de un refugio, García no sólo dejó sin rumbo ni amparo a sus propios seguidores, también despojó a la sociedad de una herramienta democrática fundamental: una oposición estructurada.
La debacle en el partido vecinalista A Toda Costa es tan penosa para la democracia como notoria para la sociedad. Ante la ausencia de un líder fiable, con convicciones firmes, colaboradores de segunda e incluso de primera línea están buscando nuevos horizontes en otras fuerzas políticas. Para quien alguna vez se había autodenominado ‘líder de la oposición’, el panorama de un eventual rearmado post-catástrofe es francamente desolador.
No hay hecho más doloroso y que ponga en juego el temple de una persona que la pérdida de un ser humano. Pero además, si la muerte ocurre de forma violenta, la congoja salta de la escena familiar al plano social. Cuando asesinaron a Mara Matheu, el 24 de marzo de 2008, por los pasillos del edificio municipal corrió incertidumbre y desesperación. Funcionarios de rango diverso murmuraban temores y evaluaban estrategias en oficinas propias y ajenas. Mientras tanto, la crisis en el despacho del intendente se manejó de otra manera: el hombre leyó el informe, apagó la computadora, se levantó de su sillón, dejó las gafas a un costado y en voz alta y escueta dijo: “me voy a ver a la familia”. Dos años después, el 24 de marzo de 2010, Leónidas Matheu, papá de Mara, le agradeció: “desde el primer momento el intendente puso lo que tenía que poner y estuvo a nuestro lado”. Por esos días y con la ayuda de Juan Pablo de Jesús, la agotadora causa penal finalmente se dirigió a un juicio oral.
Ante situaciones adversas, el líder social puede echar mano a varias tácticas o a ninguna en absoluto. Elige si responde de forma rápida a las necesidades de los demás o espera compasión, opta por mitigar daños inmediatos y a largo plazo o se aísla del equipo y busca salvarse individualmente, actualiza los planes o deja que todo fluya. Las alternativas son numerosas y deben adaptarse a cada situación, pero lo que nunca puede hacer un dirigente es quedarse sin capacidad de gestión. A pesar de su verborragia, García todavía no tiene esa capacidad y ahora quienes confiaron en su proyecto están pagando las consecuencias de su impericia. Sin el nodo unificador, la organización política se desarticula y impacto en la sociedad de manera acelerada.
Cuando se posee una profunda visión política para trazar un rumbo, cuando se tiene la pasión para seguirlo y la fortaleza para llegar al final no queda lugar para euforias explosivas ni depresiones profundas. Lo que queda es el trabajo arduo dirigido por la razón clara, el pulso firme y la mirada serena.
La comprensión cabal de que toda modificación social se hace fortaleciendo comunidad y que es esa comunidad la que, finalmente, hace los cambios más profundos y duraderos, deja claro que un traspié electoral es nada más que una señal para ajustar el rumbo. Asumir estrepitosas derrotas requiere, no obstante, la templanza de los grandes líderes. Está claro que Marcos García todavía no tiene el temple, ni la madurez política, ni la capacidad de gestión para administrar sus derrotas. A sus seguidores cada vez les quedan menos dudas de que tampoco la tiene para gobernar un municipio.
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